CHARLOT

“Ahora estoy inmerso en el vacío. Y he de seguir así. No existe ya destino. Solo hechos sucesivos a los que se les da el sentido que uno cree que tienen”.

Yo no la conocía de nada. Ni siquiera de oídas. Sin embargo, ella sí que había oído hablar de mí, incluso me había visto en una foto que le enseñó “M”. Yo me hice amigo de “M” en la residencia de estudiantes. Solíamos dar paseos juntos y visitar museos. También veíamos películas en su cuarto. Pero yo nunca quise nada con “M”. Era mi amiga, simplemente. Tiempo después me enteré de que le gustaba. Esa fue la razón por la que “M” le mostró mi foto.

La primera vez que la vi fue en una fiesta en casa de “M”. No me acuerdo que se celebraba exactamente, pero sí que hicimos una cena donde también acudieron amigos míos. De repente me di cuenta de que no podía dejar de mirarla. Pero lo hacía con cautela, porque en realidad soy muy tímido con las mujeres. En todo caso prefiero hacerme el despistado, como si fuera inerte, y hacer como que la ignoro; pero es mentira. Porque lo cierto es que siempre estuve alerta, esperando a que se fijara en alguna de mis tonterías. Pero ella no me miraba. Quizás también fingiera, o quizás no. Yo en cambio no podía evitarlo, y aprovechaba cada instante, cuando bajaba la guardia, para observarla de reojo. Todavía no había bebido lo suficiente como para envalentonarme y lanzarle una mirada directa. No sé, quizás me hubieran petrificado sus ojos almendrados y tremendos.

La primera vez que hablamos fue de literatura. Yo jamás había leído a Bukowski, pero me metía con todos esos “hípsters” que solo por el mero hecho de haber leído “la máquina de follar” se jactaban de saber literatura. Resulta una pérdida de tiempo: Bukowski, Ginsberg, Keruak, todos iconos de la “Beat Generation”; está bien. Pero, ¿Y qué? ¿Acaso pretenden exhumar sus restos y limpiarlos de excrementos de rata? Algo así quieren: “No sé quién es Dostoievski, y mucho menos he leído el Quijote. Ni qué decir tiene la Odisea. Nada de eso, a mí lo que me inspira es leer “Los vagabundos de Dharma”. Pues muy bien, seguir así ¡Hijos de perra!

En cualquier caso, yo quería saber que pensaba ella. No sé por qué razón su opinión me importaba tanto. Quizás fuera porque ya estaba completamente imbuido por su belleza. La belleza de una rosa cubierta de espinas. Porque al mismo tiempo también fui imbuido por la paranoia y la locura. Quizás estuviera sumido en una especie de hechizo. Como si sus ojos fueran lo único que realmente existiera. Como si ya no pudiera pensar más que en aquellos ojos. Como si naufragara en ellos igual que el héroe de una tragedia griega, porque es mejor perecer en la belleza que vivir rodeado de lo que es desquiciadamente insípido. Como si hasta entonces hubiera permanecido en un limbo eterno y todo cuanto hubiera conocido fuera la visión monótona de un océano calmo y desierto. No sé qué quería ella. Tampoco sabía lo que quería yo, excepto el seguir hablando, aunque fuera de Bukowski…

Cuando la conocí tenía diecinueve años y soñaba con ser poeta. Porque entonces yo tenía sueños radicales. Sueños de poeta. Cuando lo cierto es que escribía unos versos pésimos. Unos poemas de mierda. Pero ya me la había jugado, aquella noche le dije que era un poeta. Cuando a los pocos días le envíe un poema, creo que se llamaba “llueve bajo el puente”, su crítica fue devastadora. Fue como un latigazo que hizo trizas mi orgullo. Había quedado igual de gilipollas que los imbéciles que criticaba en los recitales. Lo cierto es que tenía razón. El poema era pueril. Hoy ya sé que solo es posible escribir desde la cotidianidad, que las verdaderas visiones de un poeta solo pueden ser cotidianas. Que la cotidianidad es el paradigma de los escritores.

Aun así, seguimos quedando. La siguiente vez fue en “la guarida del lobo”. La invité a un concierto de “Guitar don´t smile”. Estaba muy nervioso porque no llegaba, aunque después descubrí que lo de llegar tarde era una de sus más aferradas costumbres. Próximo a la desesperación salí fuera a fumar un cigarrillo. Llovía con fuerza y la oscuridad hubiera sido total de no ser por una farola que iluminaba exiguamente. Al final apareció. Vi su rostro empapado surgir de entre la cortina de agua. Me lanzó una sonrisa. “Hola”, dijo. “Hola”, dije. No pude aguantar la seriedad. Una risa nerviosa empezó a manifestarse en la comisura de mi boca, como si tiraran de ella los hilos invisibles de una estúpida marioneta. “¿Entramos?”, pregunté. “¡Vale!”, dijo, y me agarró de un brazo. Nos sentamos al fondo, en una esquina. La tenue luminosidad jugaba a mi favor, cómo si la falta de luz lo hiciera todo más fácil. Me levanté a por dos cervezas. El concierto de Blues ya había comenzado. Los instrumentos dialogaban entre sí como un perfecto vacile. La armónica sobresalía sobre los demás alzando su vuelo de pájaro salvaje. Cuando volví ella estaba sacando algo del bolso: “Cartas a un joven poeta”. “Toma, un regalo. Para que aprendas a escribir”, dijo. Luego no paramos de hablar. Ya solo me importaba estar frente a ella. “Ojalá pudiera detenerse el tiempo”, pensaba. Tenía la sensación de que se estaba gestando algo, una especie de fantasía, y me gustaba. Como si todo cuanto nos rodeara constituyera la escenografía ideal donde representar dicha fantasía. Dejamos el tema de la literatura y comenzamos a hablar de nuestras vidas. Ella me habló de sus amigas, de su relación con “M”, de su familia, de que practicaba equitación. Yo me la imaginaba montando a caballo, con unos pantalones apretados y sus pechos oscilando al trote del equino. Y también me habló de su pasión por el teatro y de una obra en la que había participado en su ciudad y de que le gustaba pintar, y de que pensaba que había heredado eso de su tío, el hermano de su padre, que era pintor. Mientras hablaba y hablaba yo sentí un irrevocable deseo de besarla. Aunque únicamente me limité a asentir y asentir, cada vez más perdido, hundiéndome en el vacío del asiento, únicamente deseando besarla apasionadamente. Pero aún era demasiado pronto. “¿Qué pensará ella?”. Siempre se me ha dado muy mal interpretar señales de este tipo, señales no verbales, indirectas, putas señales horribles, como si me enfrentara a un jeroglífico indescifrable. Me estaba subiendo la fiebre. La puta sutilidad, su voz enigmática, sus labios, mi jodida imaginación desbocada… Fui a por más cerveza. A la vuelta hablé yo. Ahora era yo el que tenía que sorprenderla, “pero ¿cómo?” Ya había comprobado que era un malísimo poeta. Me la suda, allá voy. Escucha tú ahora mi historia. Y hablé de lo que mejor sabía, de mis orígenes. De la montaña tostada de julio bajo el implacable sol extremeño. Del imperio, aquel barrio marginal situado entre montañas. De cómo crecen las raíces emergiendo de la tierra y desgajando el asfalto de la carretera. De las serpientes bastardo que anidan entre la exuberante vegetación. De los jabalíes que bajan del bosque a desbrozar la yerba de los parques. De los llanos desérticos y dorados que se vislumbran en el horizonte. De cómo yo era príncipe heredero de aquellas tierras celestiales… Y ella parecía divertirse con mi historia, y a veces se mordía el labio inferior y me sonreía, y yo temblaba por dentro y me retorcía las manos bajo la mesa…

Desde entonces parecía que no podíamos dejar de vernos. Yo la escribía a todas horas. Le envíe todos mis poemas, aunque cada crítica que me hizo fuera más demoledora que la anterior. En cualquier caso, no podía dejar de escribir, como si hubiera encontrado en ella una fuente ilimitada de inspiración. Quedábamos todos los días, daba igual la hora. Tomábamos café (en ninguna época de mi vida he tomado tanto café) en todas las cafeterías de la ciudad, en donde conversábamos sin tregua hasta que nos echaban. Visitamos un sinfín de librerías, aunque más que visitar las asaltábamos, saliendo con varios libros bajo la ropa destornillándonos de la risa. Y anduvimos por innumerables calles y nos perdimos por todos los parques y rincones de la ciudad, y también, cuando empezó el buen tiempo, bajábamos hasta la orilla del Tormes, donde nos fumábamos unos cigarrillos mientras contemplábamos el atardecer hasta que el sol se perdía en el horizonte sumiendo al cielo en un juego de soberbios colores. Y cogíamos las barcas, y remaba y remaba hasta donde pensaba que estarían los confines del mundo, donde quizás, así me lo figuraba, hallaríamos la felicidad absoluta.

Cuando regresaba al piso que compartía en la avenida Villalobos, un zulo soberanamente cutre, provisto de baldosas que imitaban la madera y por el que pagábamos un dineral, porque, según el anuncio, había una terraza con vistas a la catedral; y bueno, sí, ¡menudas vistas! Pues para ver la jodida catedral, o más bien un ridículo fragmento de la misma, donde apenas se distinguía un pedazo de la cúpula, uno debía apoyarse en la barandilla y alargar el cuello hasta casi desnucarse, como un puto caracol o una jirafa con problemas mentales. El caso es que cuando volvía a mi casa, tras echarme unos canutos con “N”, “C” y “P”, mis entrañables compañeros de piso, me daba por pensar en ella una vez más, hasta rozar la paranoia, y me imaginaba que vendría por mí justo cuando conciliara el sueño; pero no para salvarme, porque lo que yo imaginaba era más bien una clase de criatura infernal, una gorgona provista de millares de ojos y de repugnantes tentáculos que me apresarían para arrastrarme con ella a las inexploradas profundidades del abismo.

Un día me invitó a cenar. Vivía en un piso ubicado en el barrio Vidal. Tenía un gato. El gato se llamaba Charlot. Era precioso, con un pelaje que alternaba por igual el negro y el blanco. Tenía unos ojos verdes que me parecieron alucinantes, casi mefistofélicos. Colgué la gabardina en la entrada y le pedí un vaso de agua. El gato me observaba con ojos de serpiente, parecía medir cada uno de mis movimientos. Jugué con Charlot tendiéndole un hilo de lana que rápidamente atrapaba entre sus diminutas garras. Mientras terminaba de espolvorear unas hamburguesas de salmón, me contó que lo había cogido de un refugio cuando apenas tenía un mes. Le tenía mucho aprecio al gato y lamentaba mucho tener que dejarlo para cuando terminara el curso. Nos bebimos unas cuantas copas de vino y cuando terminamos alabé su cena. Pasamos al dormitorio y puso el álbum “My Favorite Things” de John Contrale. La melodía del saxofón inundó la habitación. Me tumbé en la cama y encendí un cigarrillo. Ella prendió unos inciensos que tenía sobre un estante repleto de libros. Se alzó de puntillas, y como llevaba un vestido muy corto, o una camiseta, ya no estoy seguro; alcancé a ver una parte de sus bragas. “¿Lo hará adrede?”. Estaba muy excitado. “¿Y ahora qué?” pensé. Me ponen muy nervioso estas situaciones. Me encendí otro cigarrillo. El corazón me latía a mil por hora. Las inseguridades se me fueron solapando una tras otra como una montaña de escombros. “Voy a darme una ducha”, dijo. Al oírlo creí que me saldría el corazón por la boca. “Joder, necesito más vino”, pensé. Sin que se diera cuenta, me metí la mano en la bragueta. “Me tengo que masturbar. Tengo que hacerme una paja antes de acostarme con ella o me correré antes de metérsela”. Escuché manar el agua de la ducha. Me pasé una mano por la frente y descubrí que sudaba de los putos nervios. “Voy a pedirle que me deje ducharme. Así podré masturbarme”. Pero no, eso sería demasiado estúpido. Charlot dio un salto y se hizo un ovillo sobre la mesa del escritorio. Bostezó y cerró los ojos. “Que fácil lo tienen los animales”, pensé. Me levanté de la cama y encendí otro cigarrillo. Me puse a mirar sus libros. “Quizás así me calme un poco”. Extraje uno del estante: “Confesiones de una máscara”, de Yukio Mishima. Leí: Pensaba que podría escapar de mi infantil condición. Parecía que aún no me hubiera dado cuenta de que aquello que me asqueaba era mi verdadera forma de ser. Era como si creyera que aquellos habían sido años de un sueño del que podría escapar a la “verdadera vida”. Abrí otra página al azar: … no se debía a la madurez, sino a mi sensación de incertidumbre, de incomodidad, que era la que me obligaba a tener pleno conocimiento de mí. Esa conciencia era un puente que me llevaba a la aberración, y, entonces mi manera de pensar tenía que limitarse a la incertidumbre, a la formulación de hipótesis. En ese momento se paró la ducha. Después sentí unos pasos y escuché accionarse el manillar de la puerta. Me viré: allí estaba ella, enfundada en su albornoz, preciosa, con el pelo mojado y mirándome con esos ojos avasallantes. Dejé el libro en el estante. “¿Qué te pasa?” me dijo. “Nada”, dije. Mentira. “¿Qué tal la ducha?”, pregunté. “Fabulosa”, respondió. “Apaga la luz, anda”. Lo hice. “Siéntate en la cama”, dijo. Ella se tumbó y estiró los dedos de los pies hacia el cabecero. “¿Qué haces?” sonrió. “Vamos, túmbate aquí a mi lado”. Esto lo dijo dando unas palmadas sobre el edredón. Me tumbé junto a ella con el corazón desbocado. La miré. Ella también me miró. Primero juntó la punta de su nariz con la mía. Nunca habíamos estado tan cerca. Nos habíamos acariciado las manos bajo la mesa, yo incluso me había tumbado una vez sobre su vientre, pero jamás la había besado. Noté su tacto frío y húmedo. Pero sus labios estaban calientes. Notaba perfectamente su respiración sobre mi boca. Finalmente fue ella la que me besó. Nos besamos. Nos estuvimos besando mucho rato. Ella se quitó el lazo del albornoz y se expuso ante mi completamente desnuda. Empecé acariciarla. Tenía la piel muy suave. Me gustaba, joder me gustaba una puta barbaridad. Puso su mano sobre la mía y la llevó hacia su sexo. “Despacio, acaríciame muy despacio”, me dijo susurrándome al oído. Yo estaba próximo a la eyaculación. Tenía miedo de que notara mi pulso frenético. Me hervía la sangre de las sienes. La obedecí. Tenía el coño húmedo, raso, y tan suave como el resto del cuerpo. Joder qué coño. La besé en el ombligo y fui deslizando mi lengua hacia abajo. No dejé que me tocara. No todavía. Me estrujé los testículos. “No me jodáis ahora cabrones”. Tenía el pene grueso y duro como una piedra. Deslicé mi cabeza y la puse entre sus piernas. Aquella panorámica me excitaba muchísimo. Ella echó su cabeza hacia atrás pronunciando su barbilla hacia el techo. La escuchaba gemir. Una de sus manos se enredó con mi pelo y me apretó la cabeza contra su sexo. Con la punta de mi nariz le rozaba la parte superior del clítoris. La parte inferior la lamía en círculos. Sus gemidos iban en aumento. Alcé la mirada mientras se lo seguía comiendo y extendí la palma de mi mano hacia sus pechos. Noté los pezones duros. Sus pechos como dos hermosas dunas plateadas bajo la exigua luz de la ventana. Después la agarré de los glúteos hundiendo en su blanda carne mis enormes manos. Noté exhalar su aliento como si se le fuera el alma. No podía dejar de acariciarla, como si mis manos hubieran descubierto el templo donde consagrarse a sus idolatrías. Nos abrazamos toda la noche hasta que nos sorprendió la luz aterciopelada del amanecer. Fue como si el tiempo y el espacio se hubieran desvanecido y solo pudiera afirmarse la radical existencia de nuestros cuerpos entrelazados.

Fueron con seguridad los meses más felices de mi vida. Así de arrogante. Con veinte años (ya los había cumplido) tenía la sensación de haber alcanzado la plenitud. No sabría decir qué era lo que más me gustaba de ella. Jamás fui capaz de decírselo. Por mucho que me lo preguntara, ¿qué podría decirle? Lo era todo: su voz, su olor, sus ojos, las pecas, su nariz, su boca, la curva de su cintura, la constelación que formaban sus tres lunares bajo el ombligo, sus manos, sus piernas, los dedos de sus pies… No lo sé. Es difícil aislar las partes del todo cuando el todo ya es perfecto.

Recuerdo el día en que andaba metiendo sus cosas en cajas. Llevaba puesto un pañuelo en la cabeza y tenía los labios pintados de rojo. Dejaba el piso. También yo me marchaba. No sabía a dónde, quizás a Alemania, tampoco sería la primera vez. Ella tampoco me había dado detalles sobre a dónde iría. Pero lo que si era seguro es que dejábamos la ciudad. Nuestra ciudad. La incertidumbre se cernía sobre nosotros, cada vez más pesada, como un gas asfixiante. “¡Ojalá pudiera pararlo todo!” A esa edad no se tiene conciencia del tiempo. Las despedidas son muy trágicas, luego uno se da cuenta que la vida pasa muy rápido y muy pocas cosas son las que permanecen. Un drama. Una comedia. Ambas. Lo cierto es que hoy ya no creo en el destino. No sabemos qué nos deparará el futuro. Solo hay que esperar, y reír, o llorar. Pero no sabemos nada. Nada. Esa es la única verdad. Charlot pululaba por allí, indiferente, parecía feliz correteando de un lado para otro, escondiéndose y saltando de caja en caja. Tampoco sabía lo que le aguardaba. Ella tarareaba una canción, fingiendo que no estaba triste, pero yo sé que lo estaba. La cogí de la cintura y la di un beso. Pero estaba reticente. “¿Qué te pasa?”, le pregunté. “A mi nada, ¿es que debería pasarme algo?”. “No sé”, dije. “¿Eh hecho algo?”. No contestó. Luego me pidió ayuda para que le moviera unas cajas y después se fue al baño. Yo la seguí por el pasillo. Me detuve en la puerta, que la había dejado cerrada. Apliqué la oreja y la escuché sollozar. Era la primera vez en todo aquel tiempo. Llamé a la puerta. “Déjame”, dijo. Entonces fui a la cocina y me serví un vino. Después me prendí un cigarrillo y miré por la ventana del comedor. Al fondo se veía el puente del barrio Vidal. A la derecha vi el “Gadis”. Me lo había pasado muy bien comprando con ella en el “Gadis”. Era nuestro supermercado, donde vendían el mejor paté del mundo. Suspiré. Yo también estaba triste.

Aquella noche cenamos juntos y después hicimos el amor. Luego vimos una película: “The Dreamers”, y volvimos hacer el amor. No me imaginaba que fuera la última vez. Cuando desperté tenía su cabeza recostada sobre mi pecho. Me estaba acariciando. “¿Cuánto llevas despierta?”, pregunté. Alzó hacia mí sus enormes ojos almendrados: “¿Acaso importa? Hoy se llevan a Charlot. Estarán a punto de tocar el timbre”, dijo. Miré por la ventana del dormitorio. El cielo estaba encapotado. Un relámpago iluminó de súbito el cuarto en penumbras, y comenzó a llover. Las gotas rompían contra el vidrio de la ventana. Siempre me han gustado las tormentas de verano. El olor a tierra mojada me recuerda a ella, quizás por aquel día, o no. No lo sé. “En fin”, pensé. En ese momento llamaron al timbre. Todavía retumban en mi cabeza los maullidos histéricos de Charlot. Me dio mucha pena. Ya nada volvería a ser lo mismo. Permanecimos un rato más tumbados en la cama. Creo que ella se durmió otro poco. Yo traté de distraerme leyendo la novela que había traído conmigo, “El corazón de las tinieblas”.

Jamás la volví a ver.

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