ÁNGELES SOLO HAY EN EL CIELO

ÁNGELES SÓLO HAY EN EL CIELO

Zuffenhausen, a 26 de octubre del 2021

Dejo constancia de los hechos ocurridos. Escribo este informe con las manos aún manchadas de sangre. A estas alturas ya he dejado claro en qué consiste mi misión. Dios me ha hablado. Esto ya lo dije antes, aunque también lo digo ahora: Dios se ha comunicado conmigo y me ha revelado los términos en los que ha de fraguarse mi destino.

Desperté no sé a qué hora. Aquí es siempre de noche. Lo último que recuerdo es que me dirigí a Zuffenhausen y que estaba muy borracho. Antes de allanar la casa de la esquina me percaté de que no hubiera nadie transitando por la calle. La oscuridad era sobrecogedora. Una vez en el interior me quedé profundamente dormido sobre un sofá hecho girones. Recuerdo que me despertó el parpadeo intermitente de una luz eléctrica. En el centro de la estancia había una mesa de madera medio rota y manchada de ceniza. En los ceniceros se apilaban las colillas igual que cadáveres. En general todos los muebles estaban rotos y cubiertos por una densa capa de polvo. Más que una casa parecía un estercolero: había basura por todas partes. Había literalmente montones de mierda y bolsas de plástico rajadas y rellenas de restos de comida putrefacta. La casa entera parecía estar sumida en el caos. Me levanté del sofá con un dolor de cabeza espantoso. Inspeccioné la casa. Era una casa pequeña. Atravesé el pasillo y di con una habitación. La puerta cerrada. Traté de forzarla. La aporreé con rabia para echarla a bajo, pero me resultó imposible. Seguida a ésta descubrí otra habitación. A ésta pude acceder sin problema. En un colchón polvoriento hallé a dos gatos. Noté que mi presencia les inquietaba. Uno de ellos lanzó un maullido de advertencia y me mostró sus colmillos afilados como púas. Las orejas echadas hacia atrás y el pelo erizado. El otro dio un salto y pasó ante mí con el rabo inhiesto como un mástil. Tenía mucha hambre. Me rugía el estómago como si hiciera siglos que no probase bocado. Continué por el pasillo y di con la cocina. En la encimera se amontonaban más restos de comida podrida. Abrí la nevera. Solo había un cartón de leche. Lo destaponé y me lo llevé a la nariz. Emanaba un olor repugnante. Si hubiera tenido algo en el estómago hubiera vomitado al instante. Estaba desfallecido. En la pila había platos sucios. Registré la despensa en busca de algo comestible. Albergaba costras de moho adheridas a la superficie, y de comer solo encontré larvas pequeñas retorciéndose en caducos paquetes de comida prefabricada y pestilente. Agarré un puñado de estos bichos infectos y los trituré entre mis dientes. No pude con ello, escupí sus pedazos que me supieron a mierda. Al fondo del pasillo estaba el baño. Había charcos cristalizados de orina por el suelo. En el sumidero de la ducha encontré pelos. La cisterna sin agua. En el lavabo lamparones de pasta de dientes seca. Aunque quizás fuera semen. No sería extraño encontrarse semen. Yo mismo me he masturbado muchas veces sobre el lavabo y me he corrido allí donde otros se lavan la cara. Me miré en el espejo empañado de mierda y contemplé mi rostro. “Estoy francamente deteriorado”, pensé. Desde que empecé con esto dejé de cuidar mi imagen. Hace seis meses que no me lavo. Me echaron del trabajo por falta de higiene. El gilipollas de mi jefe desconoce mi misión. No tiene ni puta idea del favor que estoy haciendo a mi país. Debo parecerme a Ellos. Sé que son muy precavidos, desconfían de todo el mundo. Está bien que pase desapercibido. Les he estudiado a Todos con una atención minuciosa. Mi voluntad es determinante. Les he seguido por los rincones de la ciudad, incluso por los más inmundos y clandestinos. Les he espiado desde el metro anotando escrupulosamente sus rutinas. ¡Se dónde viven estas sabandijas! Después les acuchillaré y me comeré sus jodidas entrañas. Tras de mí se deslizó uno de los gatos. Pasó fugaz como un resplandor. Tenía tanta hambre que también se me pasó por la cabeza comerme a los putos gatos. Cogerles por el gaznate y decapitarles de un mordisco. “¡Cálmate!”, me digo. “No has venido a por ellos, sino a por ÉL”. Seguí desvalijando la casa. Finalmente, agotado, volví al sillón y traté de descansar. Me fijé nuevamente en los gatos, ahora parecían haberse acostumbrado a mi presencia. La casa debía ser para ellos como un parque temático: todo roto. Todo abandonado. Disponen de libre albedrío. Pueden cagarse y mearse donde les plazca. Me imaginé que llevaban varios años encerrados en aquel estercolero. Les haría un favor sacrificándolos. Bajo el sofá descubrí una zapatilla deshilachada. Me los imaginé en el interior de la zapatilla, cuando eran meras bolas de pelo maullando desquiciadamente tras haber sido destetados. También había estantes que pendían milagrosamente de las paredes. Había algunos libros. Sobre uno de los estantes vislumbré una pequeña estatuilla de bronce. Al acercarme comprobé que era el busto de Hegel. En ese preciso instante escuché el zarandeo de unas llaves en el picaporte de la entrada. Corrí a ocultarme contra la pared del salón para saltarle por la espalda una vez cruzara el umbral de la puerta. Agarré la estatuilla. Los gatos corrieron a saludar al dueño. Ronroneaban. Casi desde el primer instante noté el aliento nauseabundo del Gusano. Olor cloacal. Olor a alcohol barato y a tabaco. El fétido olor de sus órganos internos deteriorados. “No vas a escaparte, Gusano”, me dije. Hacía ya tiempo que le perseguía. Se arrastraba mendigando por los metros jorobado y horrible. “Voy a acabar contigo, Gusano. Voy a sesgarte los huevos y me los colgaré del cuello como un jodido trofeo”. Su trémula voz me llegó desde el pasillo. Le escuché hablar a sus asquerosos gatos: “¿Qué os pasa pequeñines? ¿por qué estáis tan nerviosos…? ¿Cómo dices Misi?”. Juro por mi alma que en ese momento el puto gato pronunció mi nombre. Dijo: Buchwhadl. Apreté el busto de Hegel hasta que se me pusieron los dedos amarillos. Le oí arrastrarse por el corredor. Cuando bajo el dintel de la puerta vi aparecer su inmunda cabeza le golpeé. Su cráneo crujió bajo la pelirroja mata de pelo y se desplomó boca abajo. Le volteé y me senté sobre su pecho. Cosí su cara a bofetadas para que recuperase el sentido. Nada. “¡Despierta hijo de perra!”, bramé colérico. Hundí sendos pulgares de mi mano en sus cuencas y la materia gelatinosa de sus ojos erupcionó mezclada con sangre. Uno de los gatos se lanzó sobre mí y me clavó sus dientes afilados en el dorso de la mano. Le agarré del rabo y lo arrojé por la ventana provocando una lluvia de cristales. Después me incorporé y me abalancé a por el otro. Se había escondido bajo el sofá. Entonces levanté el sofá cochambroso y lo puse contra la pared. Allí estaba el gato. Muerto de miedo. Sacando las garras y enseñando los dientes, ¡Como si eso pudiera salvarle! Me cerní sobre él. Sus ojos brillaron. Le aplasté de un pisotón y sus tripas saltaron manchando la pared. Volví por el Gusano. Desabroché su pantalón y le bajé los calzones. Quería ver su sexo y arrancarle los testículos, pero solo encontré piel rasa y vello púbico. Aquel cabrón no tenía huevos. Carecía totalmente de órganos sexuales, como un muñeco de plástico. Estoy desconcertado: ¡Dios sabe que ángeles sólo hay en el cielo!

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