HACER FELIZ A MI HIJO

QUIERO HACER FELIZ A MI HIJO

Para mi amigo Diego M. M.

Cuando mi madre murió, mi padre comenzó abusar de mí tal como hasta entonces lo había hecho con mi madre. Tenía trece años. Después, cuando mi padre también murió, me sentí libre del todo. Contaba con diecisiete años y me hallaba sola en el mundo. Pero esto no me desanimaba. Solía salir todas las noches y emborracharme. A veces solía llevarme hasta tres hombres a la cama en una sola noche. Me encantaba el sexo. Me volvía loca que me ataran y me metieran diversos objetos en la boca y en el culo. Me chiflaba de veras que me vejaran sin piedad. Mi vagina era prodigiosa y descomunal. Yo aullaba como loba siendo vejada hasta lo inconcebible. La concepción que tengo del sexo, o que por lo menos tenía en aquel entonces, superaba con creces toda fantasía, toda imaginación, en el cual jamás quise ni deseé privarme de nada. Cuanto más lo practicaba más lo necesitaba. La mayoría de las veces me frustraba a causa de hombres que eran demasiado blandos. Los echaba de la casa a escupitajos y les maldecía haciéndoles sentir miserables. Les odiaba cuando no me pegaban. Les insultaba cuando no defecaban en mi espalda o me orinaban encima. Les odiaba y les despreciaba por lo poco viriles que eran. No obtuve mejor resultado con las mujeres. El sexo era demasiado sensible, demasiado para mí. Yo deseaba que me penetraran con punzones o que me desgarraran la vagina con tijeras o me metieran cristales por el culo porque todo ello me daba un placer indescriptible. Un placer que se había adueñado por completo de mi persona, esclava indiscutible de mi deseo por alcanzar el paroxismo de la lujuria que bullía en mí de forma cada vez más descontrolada. El dolor y el placer se mezclaban de forma homogénea en todo cuanto tuviera que ver con mi deseo, con mis fantasías, infinitas y brutales; mediante las cuales procuraba culminar mis relaciones sexuales hasta alcanzar el apogeo de todo cuanto a mi cuerpo le fuera posible experimentar y soportar. Pero pronto descubrí que mi deseo era superior a mi cuerpo y que todo ello me provocaba un sufrimiento indescriptible, sin que por ello dejara de seguir estando aferrada a él de la misma forma que un perro maltratado continúa aferrándose a la pierna de su amo. Una noche me asaltaron tres hombres en el portal de mi casa. Yo estaba eufórica porque había consumido bastante cocaína y les supliqué que me violaran salvajemente y que me pegaran sin consideración, y ellos dejaron que les mamara bien sus vergas. Sus vergas eran ridículas y exigí que me penetraran de tres en tres por donde les diera la gana. Dos de ellos se corrieron al instante, pero el tercero aguantó más y terminó por correrse en mi vagina. Yo noté el semen caliente penetrar dentro de mí, mezclándose con mis propios fluidos y esparcirse por mis paredes vaginales como una simiente se entierra en un surco de tierra. Tres semanas después supe que estaba embarazada. Algo diabólico impidió que abortara. Quise tenerlo. Dejé que germinara dentro de mí y se me hinchara el vientre. Contacté con diversas entidades dedicadas a la pornografía. Me especialicé en el porno con embarazadas practicando sexo con reputados actores como “Cojones de acero”, “Verga-Rey” y “Anaconda Negra”. Todos ellos hombres viriles y de buena talla que hicieron correrme como una desalmada. Obtuve varios premios por el realismo de las escenas que filmaba y actores y directores me amaban y deseaban como nunca nadie lo había hecho hasta entonces. Fueron los ocho meses más felices de mi vida. En el octavo mes se me prohibió rodar. El hijo que llevaba en mis entrañas estaba a punto de nacer. Desde que nació mi hijo ya no quise nada más en este mundo. Me había hecho relativamente rica y podría procurarle una infancia feliz y un futuro provechoso. Era mi hijo, el fruto de una violación múltiple, y le amaba como hasta entonces había amado que profanaran todos los orificios de mi cuerpo. Desde entonces solo pienso en cómo hacer feliz a mi hijo. A veces se me echa en cara que soy una madre demasiado protectora. Di de mamar a mi hijo hasta los nueve años. Me gustaba que mi hijo me mordisqueara los pezones y me hubiese gustado que lo hubiera hecho el resto de su vida, pero hubo un día en que se negó en rotundo. Decía sentir vergüenza porque ninguno de sus amigos lo hacía a su edad. Yo le miré sonriente y le besé en los labios. Desde entonces, como cada tarde hasta que cumpliera doce años, cuando regresaba de jugar al fútbol con sus amigos no quiso nunca más mamar de mis pechos. Durante su infancia siempre fui mi protectora, esto lo admito sin reparos. Una tarde llegó magullado del colegio. Al principio no quiso decirme nada, pero cuando al día siguiente volvió más magullado que el anterior, me dijo quienes eran los responsables y no dudé en apalearlos como a perros cogiendo lo primero que tuviera a mano hasta romperles los huesos. Nadie nunca osará tocar a mi hijo mientras yo viva. El hijo mío que ha nacido de mis entrañas y que amo y adoro con todas mis fuerzas. A mi hijo querido que es propiedad indiscutible de mi ser. A mi hijo que es una extensión más de mí misma. Otras madres critican la relación que tengo con mi hijo. Yo las miro con recelo, como una hiena protectora y territorial. Les enseño los dientes a esas putas y no dudo en arrancarles los ojos con mis uñas si se atreven a hablar mal de mi hijo. Ninguna autoridad moral o legal impedirá nunca que yo haga feliz a mi hijo. Sé que mi hijo se masturba desde hace unos años. Ahora tiene quince y su cuerpo es ya el de un hombre, y su verga también. Cuando se marcha de casa inspecciono el cuarto de mi hijo, reviso sus cajones y pertenencias personales. Huelo la ropa interior de mi hijo, especialmente la que está sucia y me impregno las narices absorbiendo la esencia que ya desprenden sus cojones. Fantaseo diariamente con pillarle haciéndose una paja. A veces encuentro trozos arrugados de papel higiénico bajo la cama que contienen restos de su semen. Entonces me pongo a cuatro patas y los olfateo como un animalillo sucio y perverso. Lamo o más bien devoro esos restos de semen y fantaseo con que un día probaré el semen fresco y calentito de mi hijo y me humedezco las bragas como una adolescente salida y sinvergüenza. Yo quiero mucho a mi hijo y por eso voy hacerle un regalo especial. Hoy cumple dieciséis años. Se a que mi hijo le excita mis pechos prominentes y redondos, a pesar de que ya tenga una edad. Sé que cuando se masturba piensa en meterme la polla entre los pechos. Esta tarde cuando llegue del instituto le esperaré en albornoz. Hoy desprendo un aroma irresistible, me he aplicado aceite por todo el cuerpo y me siento hermosa y brillante. Me he pintado los labios. Me he rasurado el coño y después me he masturbado pensando en el momento en que llegue mi hijo. Le felicitaré con un beso en los labios, le quitaré la mochila y le sentaré en el sillón. Le preguntaré que como le fue el día. Le susurraré cosas al oído para que capte la fragancia que desprende mi cuello desnudo y me inclinaré sobre él para que contemple mis pechos firmes y esbeltos. Después le desabrocharé el pantalón y le bajaré los calzones, como cuando era un niñito. Seguramente él protestará, pero su erección será incontrolable. El mismo tendrá que admitir que no hay admonición posible. Le chuparé el glande con suavidad, lamiéndole cada milímetro, y sintiendo cada centímetro de su verga introducírseme por la garganta. Llevaré el pelo recogido en un moño para que lo pueda observar todo, para que no se pierda detalle. Al principio no usaré las manos, tan solo la boca. Que vea y compruebe mi destreza, el poder de mi boca y de mi lengua y observe excitado bajar y subir mi cabeza por su verga embadurnada y caliente. Después le apretaré los huevos, los presionaré con mi mano derecha mientras me llevo la otra a la vagina, cuyos labios la estarán esperando mojados e impacientes. Le lanzaré una mirada ardiente y sumisa desde sus huevos. Él me mirará con timidez, al menos al principio, pero después comenzará a removerse en el asiento cegado por el placer que le produce su madre. Sus ojos se pondrán del revés, perdiéndose en la inmensidad inconmensurable del deseo. Todo lo que quiero es hacer feliz a mi hijo. Quiero que eyacule en mi boca, o sobre mis pechos, o en ambos si es que tiene la suficiente virilidad tal como ansío que así sea. Quiero que cuando se corra observe a su madre arrodillada y bañada de semen, del vigoroso semen de su cachorro; y quiero que me vea relamiéndome los restos que penden de la comisura de mi boca, y una vez que me lo haya tragado contemplaré satisfecha la cara extasiada e infinitamente feliz de mi hijo.

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