EL GALGO

Mi padre quiere ver las encinas aquejadas por “La seca”. Dice que, características de esta enfermedad, lo son, por ejemplo, las manchas blancas que se manifiestan en sus hojas. “La seca” está diezmando las encinas de nuestra tierra. Cuando mi padre golpea con su vara de olivo el tronco de una de estas encinas suena a hueco. Mi padre dice que esto es así porque “La seca” absorbe desde la raíz hasta la copa todas las acuosidades de la encina. Diseminados por la explanada vemos alcornoques descorchados ostentando su carne roja, y sus imponentes ramas, como cornamentas de ciervo, se retuercen en actitud agonizante.  Ante nosotros la vasta dehesa extremeña, tostada como un campo de trigo y moteada por pequeñas formaciones rocosas. Recortada en el horizonte se distingue la silueta montañosa de la sierra. El azote del sol implacable del oeste sobre nuestras cabezas. Mi padre avanzando en primera posición. Yo tras mi padre, adaptándome a su paso inquebrantable, imitando el ritmo de su respiración profunda, y en todo deseando parecerme a él porque yo siempre he querido ser como mi padre.  Observo las huellas de mi padre grabadas en la tierra. Comparo la horma de sus botas con las mías y experimento un sentimiento de frustración al comprender lo mucho que me queda para ser como mi padre, para abarcar aquellas hormas o incluso superarlas. Mi padre unos metros más allá levantando una espesa polvareda, y yo unos metros más acá transformando mis pasos en zancadas para alcanzar a mi padre, y mi padre secándose con el antebrazo el sudor de su frente que le resbala hasta los ojos. Yo unos metros más acá escupiendo ese polvo, sacándomelo de los ojos y de la nariz, restregándome con los nudillos el rostro cubierto de ese polvo blancuzco que penetra por todas partes. El sol declina en el horizonte cada vez más hundido, desangrándose lentamente en el cielo cárdeno del crepúsculo. Finalmente alcanzamos un charco ponzoñoso sobre el que pululan nubes de mosquitos, diminutos puntos negros revoloteando sobre las aguas brillantes e inquietas en cuya superficie se refleja la vibrante imagen de un galgo ahorcado. En la encina próxima al charco la cuerda roñosa oscila levemente mecida por la brisa y el cadáver se mueve como un columpio viejo y olvidado. Los pasos de mi padre hacia el galgo retumban en mis oídos como los latidos de mi corazón golpean en mis sienes. Cientos de miles de larvas horadan la carne en descomposición. Mi padre alza la vara de olivo y golpea el chasis esquelético del galgo emitiendo un ruido similar al del tronco de una encina aquejada por “La seca”. La calavera del galgo ligeramente inclinada hacia un lado y sujeta a la cuerda roñosa por las cervicales. Las cuencas vaciadas de sus ojos y la lengua acartonada del galgo pendiendo grotescamente de la mandíbula desencajada. Bajo los jirones de piel y pelo del galgo se aprecia el hormigueo de las larvas devoradoras, y pienso si los buitres leonados que usualmente planean los cielos de mi tierra en busca de carroña no han sacado previamente tajada del cadáver. Me desconcierta que unos seres tan diminutos como las larvas sean capaces de causar tantísima devastación. Quién sabe de cuantos peldaños se compone la jerárquica pirámide de la carroña. Quién sabe en verdad si en realidad somos nosotros también unos carroñeros, peor incluso que los buitres y los gusanos. Mi padre desenvaina su cuchillo de caza y corta la soga y el galgo se precipita en el charco. Entonces mi padre dice:

⸺Cuando el galgo se hace viejo se le cuelga de una encina como ésta y así es que lo matan. Eso hacen. Eso harán siempre. Cuando el galgo es inútil para sus propósitos tienen que colgarlo como han hecho con este galgo. Un galgo que ya no puede correr tras las presas como lo hacía antes, cuando era más joven y rápido, ya no tiene utilidad para un cazador.

Mi padre se vira ante mí y me observa desde lo profundo de sus ojos negros y ardientes. El sudor resbalando por las arrugas de su frente. Todo su rostro rígido como el de una estatua. Las mandíbulas firmes y afiladas y echadas hacia adelante como víctimas de una tensión permanente. Así era mi padre. Mirar a mi padre era como mirar un pozo cavado tan profundamente en la tierra que ni asomándote con una luz podrías discernir nada más allá. Yo asentí porque yo quería ser como mi padre. Porque mi padre era para mí el ejemplo de persona al que yo aspiraba convertirme. Imaginé entonces el día en que las hormas de mis botas grabadas en la tierra fueran igual o incluso más grandes que las de mi padre. Cuando todo esto suceda entonces no habrá diferencia entre quién es hoy mi padre y quién seré yo entonces, porque en ese momento el tiempo habrá cumplido su cometido y aunque todo haya cambiado todo volverá a ser lo mismo porque así es la vida. En ese momento comprendí, y no albergué más dudas acerca de cuál sería su destino cuando las hormas de mis botas sean igual o incluso más grandes que las de mi padre.

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