LA PROMESA

Hace muchos años que me comprometí a cumplir una promesa. Ese momento ha llegado irremediablemente. Mi amigo SJ me ha llamado esta mañana por teléfono para recordármelo: “ha llegado el momento”, esto es todo cuanto me ha dicho. Evidentemente, sé a qué momento se refiere, lo sabía incluso antes de que me lo haya dicho, lo supe desde el momento en que comenzó a vibrar el móvil en el bolsillo y vi aparecer su nombre en la pantalla. Si una persona se compromete con otra no tiene más opción que cumplir lo acordado. Es precisamente esto lo que te convierte en un hombre de palabra. En un hombre de honor. Si hubiera sido al contrario, y fuera mi amigo SJ el que se hubiera comprometido conmigo en cumplir la promesa, yo no podría haber aceptado una negativa por respuesta. No existe pretexto posible para negarse a cumplir la promesa que se le hace a un amigo, y SJ es uno de mis mejores amigos. En todos estos años nunca me ha llamado para nada, pero esto no ha afectado de ninguna forma a nuestra amistad. Sería muy complicado explicar la clase de amistad que conservo desde hace tanto tiempo con SJ, además de que posiblemente muy pocas personas puedan entenderlo. Lo que si puedo afirmar sin reservas es que los sentimientos que me ligan a esta persona son de una naturaleza muy poderosa. Nuestros destinos están unidos de forma inseparable, por lo menos hasta el día en que se cumpla mi promesa. “El momento ya ha llegado”, y me brinca el corazón de solo pensarlo. Tengo los nervios crispados desde que esta mañana recibí su llamada. Fumo un cigarrillo tras otro tratando de pensar con claridad, pero lo cierto es que no tengo escapatoria. Antes, cuando era más joven, ansiaba cumplir mi promesa. Ninguna otra cosa ocupaba más mi mente. Ahora sin embargo temo tener que hacerlo. Quizás porque ya no me siento preparado, con los años he perdido el vigor y la fuerza que tanto me caracterizaban. Si bien, por otro lado, cuando todo esto termine, me habré liberado de la carga que lleva abrumándome desde entonces. Pero tal liberación no me priva del pavor y las náuseas que experimento cada vez que tomo consciencia de que el momento ya ha llegado. No tengo otra opción si pretendo salvar mi honor. Pero no solo es una cuestión de honor, incluso quizás sea esta la razón más insignificante. Mi vida ha cambiado sustancialmente desde entonces. Llevo tres años y medio casado con mi mujer. Vivimos en un apartamento muy coqueto y luminoso no demasiado alejado del centro. Somos muy felices y estamos esperando un hijo. Se que mi amigo SJ puede arruinarme la vida y acabar con todo lo que he construido si me niego a cumplir la promesa. No tengo que decirle nada a mi mujer. Ella no podría comprender jamás la clase de promesa que le hice a SJ. Pero entonces imagino que finalmente se lo cuento. Si acaso fuera capaz de digerirlo, de asimilarlo al menos parcialmente, ello no impediría que su rostro quedara completamente consternado por el horror. Luego gotas de sudor le resbalarían por las sienes. Su lisa frente se cubriría de arrugas. Le temblarían las manos y las piernas. El entorno idílico que hemos creado para nuestro hijo se desvanecería. Yo intentaría calmarla restándole importancia al asunto, le pediría que se sentara en la silla y que respirase hondamente. “Se que es algo muy desagradable, pero las consecuencias que pueden derivarse si no cumplo mi promesa podrían ser devastadoras para nosotros”. Entonces ella alzaría el rostro cubierto por las lágrimas. Hallaría recelo en la nueva forma de mirarme. Sus ojos negros e infinitamente hermosos ya no me mirarían como a la persona que ama, la persona en la que ha confiado durante todo este tiempo y con la cual ha decidido casarse y tener un hijo. “¿Quién demonios eres?”, me preguntaría. “Soy incapaz de reconocerte”. Entonces no serían sus duras palabras lo que más me atormenta, sino aquellos ojos inquietos abrumados por la desesperación y el desconcierto. Es entonces cuando la ira se desata en el interior de mi esposa. Por fin comprende lo frágil que es todo, ahora que he privado a sus ojos de la ilusión con la que tanto acostumbraban a mirarme. La mirada de quien entiende que no solo su vida, sino que también la de su propio hijo, se encuentra en peligro. Yo soy el único responsable de esta desgraciada situación, el único responsable de que aquellos ojos mi miren ahora como a alguien muy odioso. Apretaría los dientes y me gruñiría, puesto que no existe animal más fiero que una hembra que trata de proteger a sus cachorros. Con una mano sobre el vientre hinchado, cubriendo su descendencia, protegiéndola del mismísimo mal que le acecha de frente, me echaría de la casa. Yo sé que lo haría, que estaría dispuesta a todo con tal de que me largase de allí y no volviera, aunque para ello tuviera que emplear la violencia. Pero yo no deseo ningún mal a mi esposa y al hijo que esperamos. Lamentaría entonces haberle contado mi promesa y no desearía otra cosa que no haberlo hecho. Me gustaría abrazarla y decirle que la amo, y que todo cuanto he de cumplir lo hago por ella y nuestro hijo, pero una vez que le hubiera confesado lo de mi promesa no podría albergar ninguna esperanza. Todo estaría perdido. Todo sería inútil. Así que decido marcharme sin contárselo. Esquivo su mirada, me escondo de su sonrisa, rehuyó como puedo de su cariño y rechazo sus labios y las manos que me acarician la cara. Pongo como excusa cualquier pretexto y le prometo que no tardaré en volver. Durante el camino a casa de SJ pensé que no existe mayor desgracia que la que uno se busca por sí mismo. Desde siempre he sentido en mí un poderoso instinto de autodestrucción, exactamente el mismo que también padece SJ. Esta es precisamente la única razón de nuestra larga amistad. Por fin llego a su casa. Nos encontramos en el umbral de la puerta. La luz crepuscular de la tarde inunda toda la instancia. Durante unos segundos todo permanece en silencio. Enseguida noto su impaciencia. No obstante, me sonríe. SJ siempre ha tenido una sonrisa de lo más siniestra. La conserva exactamente igual que cuando le conocí, cuando no éramos más que un par de adolescentes locos. En lo demás ha cambiado. Su rostro ha envejecido mucho, bastante más que el mío. Pero como su sonrisa, sus ojos siguen siendo los mismos. Aquellos ojos que tanto he temido y que tan llamativos me parecieron siempre. Ojos de un color amarillento por los que se asoma el mismísimo demonio. Alza entonces su mano derecha y me enseña las líneas intermitentes de color negro que limitan la falange distal de su meñique. A estas líneas les preceden unas tijeras. Me acuerdo perfectamente del día en que se hizo aquel tatuaje. Fue el mismo día en que mi destino quedaría sellado para siempre, cuando por fin comprendí que todo el sentido de mi vida giraría en torno a dicho tatuaje. Desde ese instante las agujas del tiempo correrían incesantes a lo largo de los años. Solo podrían detenerse en el momento en que SJ me reclamara para cumplir mi promesa. Solo entonces podría descansar en paz. Nos dirigimos directos a la cocina. No intercambiamos ninguna palabra, cualquier clase de interacción entre nosotros habría carecido de significado. Nosotros tan solo debíamos terminar con todo aquello. La primera parte del trato era solo de su incumbencia. “Ha llegado el momento”. Sobre la encimera había una tabla de cortar. Junto a esta reposaba el pesado cuchillo cuyo filo resplandecía de manera perversa. SJ me entregó entonces una bandeja de plata. En unos instantes esa bandeja contendría la falange distal del dedo meñique de SJ, y yo tan solo tendría que comérmelo, tal como se lo prometí durante todos estos años.

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