ENSOÑACIONES

Para mi querida Alejandra

Verano 2020.

Qué pensarás de mí… Qué pensarás de este embustero que tanto tarda en redactar una mísera carta… Y es que hoy me hiciste sentir verdaderamente mal, ¿qué ya no nos escribimos cartas…? Has de saber que mi mirada, al mirarte, contiene ya de por sí todas las cartas, todos los poemas, todos los retratos y todas las imágenes… No creas que es fácil, más sencillo es amarte, quererte, que poder describirte… Lo más fácil sin duda es desearte, como a todas horas lo siento y como a todas horas escucho golpear a las puertas de mis cojones el impaciente esperma. Nunca es fácil asociar conceptos al fenómeno, a lo que se muestra, tú misma has señalado en más de una ocasión esta deficiencia intrínseca del lenguaje, más aún si el propio fenómeno, o sea, la absoluta integridad de tu persona física y espiritual, se me revela como algo emblemático. ¿Es el amor emblemático? Sin duda. Sin embargo, mi relación amorosa hacia ti se desenvolvió mediante el deseo sexual y el desenfreno, lo cual la hicieron plenamente sólida y real, sin fantasías delirantes, y en el caso de que las haya, lo serán siempre como algo emanado de esa fuerza física, porque es en ese tipo de amor, el amor a la carne, donde reside el verdadero acto poético de amar. Tú me has mostrado ese camino maravilloso y excitante… Describirlo, es algo mucho más complicado que sentirlo, ya que describir mis sentimientos hacia a ti, requiere de un esforzado ejercicio de introspección si es que no se quieren decir idioteces vacías, cómo siempre me pasa cuando trato de escribirte un poema. Un poema es algo demasiado pequeño para ti, yo necesito la prosa, la puta prosa infalible. Por eso mi poema es prosaico, insufriblemente cotidiano. Mi poema es el siguiente, y comienza de esta forma: si algo queda de mi alma de escritor, que no haya robado ya cada milímetro de tu cuerpo, es esa suerte de cruce de caminos en el que se amañaron nuestros destinos. No siendo yo un creyente común, siento como si aquel dieciocho de octubre, los propios ángeles del cielo hubieran untado lascivamente sus flamantes flechas y las hubieran disparado contra mi corazón para resucitarlo. Niña de mirada profunda en la que veo resplandecer a los mismísimos girasoles de van Gogh (disculpa la horterada, al menos no se trata de su puta oreja), si yo fuera Zeus, te raptaría disfrazado de Tauro, pero a veces eres tú el Tauro y yo simplemente el cuerpo donde sepultas tus astas, y no me refiero a algo metafórico, sino que pretendo ser bastante literal, bastante explícito, porque a lo que me refiero son a tus dos prominentes, redondas, compactas y perfectas nalgas impactando contra mi pelvis. Lo que sí que tengo claro es que cuando nadamos y te sigo por detrás, observando cómo se abren las puertas al mismísimo edén de tu jardín interior, más allá de la inmediata excitación de los estímulos que produjera aquel mundo psicodélico que exploramos juntos, allá en tu tierra; imagino que, sin dudarlo, de ser algún jodido Dios pagano, sería el mismísimo Poseidón, y te arrastraría conmigo bajo las profundidades para follarte hasta el abatimiento. Pero al final siempre te me escurres, aunque sea para bien, y como de un simple nudo, te deshaces rápidamente de las algas filiformes que mandé para retenerte, y emerges a la superficie como una ninfa a la que baña la luz del sol, del sol que pace sobre el mar y baña e ilumina todo cuanto merece la pena contemplar, y, entonces, no me queda otra que transformarme nuevamente en hombre, y cambiar mis algas por manos y acariciar una vez más tu suave piel morena que huele a mar. Sobre la roca, allí, desnuda, con los pezones pétreos, con tu pelo desmelenado y bravo mecido por el viento de levante, o de lebeche, o de su santa madre, y toda tú, sensual, irresistible, implacablemente hermosa como una puta obra de arte… Decía la canción de Sepúlveda algo así como que, mirando al mar, soñé… y era una canción de amor, quizás bonita en determinados momentos de nostalgia, pero yo no sentía nostalgia mirando cómo mirabas al mar, mirando tu silueta recortada contra el infinito horizonte, salvaje y despiadado como lo es todo al filo del mar, al borde del abismo hermoso del atardecer, y todo porque yo no soñaba, sino que veía tu sonrisa, tan tierna como lasciva, tan traviesa como inocente, dotada de esa boca promiscua, con los aros brillando colgados de tus orejas como anillos de saturno.

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